Los locos también sabemos lamer

Leyenda urbana corta, desde hace años.

Una leyenda urbana de las que nos acompañan desde los años de campamento, cuando alrededor de la hoguera nos contábamos historias de miedo, aventuras inventadas y leyendas urbanas que habían pasado de boca en boca, pero que todo el mundo tiene un conocido que tiene un primo que…

Todos con miedo, pero con el morbo de pasarlo, de volver a la tienda rodeados de la oscuridad del bosque.

 

Una noticia extraña.

Volvía del instituto, cuando en el autobús la gente murmuraba sobre algo que se había escuchado en la radio. Era algo diferente al ambiente que se vivía normalmente en el viaje de vuelta a casa. Aunque iba a sacar el teléfono para comprobarlo, Marta no lo hizo porque su parada estaba a solo unos cientos de metros.

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Al llegar a casa todo era normal. La mesa estaba preparada, y su madre trajinaba en la cocina mientras su padre terminaba de poner la mesa. Dejó la mochila y se sentó a la mesa.

Como era habitual, durante la comida hablaban del día. Marta se quejaba de los deberes que traía, y que le iban a ocupar toda la tarde. Mientras, a radio sonaba de fondo, con la monótona voz del presentador que narraba las noticias.

Durante un silencio, una noticia llamó la atención de todos. Algo había ocurrido en la cárcel que había a las afueras del  pueblo. Un accidente de un camión. Y por lo que parecía habían escapado algunos internos.

Preocupación.

El padre de Marta  refunfuñaba, quejándose de que, en su momento, ya se protestó la construcción del presidio. Y todo empeoró cuando una de las alas se destinó a presos con enfermedades mentales. Nunca se dijo a la gente del pueblo que eso iba a ser así. Era una molestia la ida y venida de coches, el vagar por la calle de algunos presos que acababan su condena y hasta que encontraban dónde ir se quedaban por el pueblo merodeando.

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Intentando quitar hierro al asunto, mandaron a Marta a hacer los deberes. Desde la ventana de la habitación pudo ver cómo su padre salía al jardín, y cerraba el trastero y revisaba la valla.

La tarde pasó lenta, con los deberes dando más trabajo de lo que había calculado y el teléfono vibrando con los mensajes que hablaban de lo sucedido en la cárcel. Muchos decían que algunos locos peligrosos habían escapado, otros que ya habían cogido a todos, muchas de las noticias compartidas eran falsas o estaban modificadas y eran de otros países.

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La hora de ir a dormir.

Durante la cena el padre avisó que esa noche iban a cerrar toda la casa, y que nadie saldría al levantarse a la mañana siguiente hasta que él hubiera revisado el jardín. Por supuesto, Marta iría al día siguiente al instituto en coche con su madre.

Marta tranquilizó a sus padres diciendo que ella tenía a Ron, que era el perro de la familia, un perro pastor grandote que no se separaba de ella, dormía a los pies de su cama y era un celoso guardián de la casa y de Marta. Aunque sus padres no parecieron tranquilizarse.

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Al subir a la habitación Marta pensaba en el fastidio de día que había tenido, con los deberes ocupando toda la tarde, y con la noticia de la fuga que no había dejado que saliera a pasear con Ron aunque fuera un ratito antes de cenar. ¡Ni salir al jardín!

Se durmió mirando al techo, pensando en el aburrimiento que podía ser que se alargara mucho la fuga.

Un sobresalto la despertó. La alarma del trastero que había en el jardín sonada molesta mientras Ron corría ladrando escaleras abajo. Desde la ventana de su habitación podía ver a su padre ne el jardín, que reseteaba la alarma con la pala en la mano. Al volver a casa, su padre se asomó a su habitación, dejando a Ron de nuevo. “Parece que hay un par de gatos intentando entrar en el trastero, no es nada”. Con el sobresalto, Marta iba a tardar en dormirse, eran las 2 de la madrugada. La respiración tranquila y rítmica de Ron la durmieron.

Otro ruido la hizo despertar. Parecía que Ron había dado un salto. Todo estaba oscuro. No se oía nada más, salvo la respiración del perro en la oscuridad. Marta alargó la mano para tocar a Ron y pudo notar la lengua del perro lamiéndole la mano, cálida y tranquilizadora. Marta se quedó mirando al techo, hasta volver a dormirse.

 

Al despertar

La luz del día ya asomaba por la ventana, y el despertador empezó a sonar. Marta se desperezó mirando la ventana. Al incorporarse una visión la dejó helada, sin poder moverse ni reaccionar. Ron estaba en el suelo de la habitación, lleno de heridas, muerto. en la puerta blanca, escrito con la sangre del perro una frase: “LOS LOCOS TAMBIÉN SABEMOS LAMER”

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