La chica de la curva

Una carretera de doble sentido

Se había hecho tarde en al trabajo. Los últimos meses estaban siendo especialmente pesados, desde que se había marchado un buen número de compañeros ala nueva serrería de la capital casi nunca llegaban a tiempo a la entrega de pedidos.

La vieja camioneta se balanceaba como un barco mecido por las olas en cada curva de la carretera, mientras sus faros alumbraban amarillentos entre la niebla que empezaba a formarse. Al llegar a casa, tendría que calentar alguna conserva para cenar, estaba agotado, pero dormirse sin comer acabaría debilitando su cuerpo y los días que venían iban a ser de pesado trabajo como el que había tenido.

En los arcenes de la carretera crecían enérgicos los hinojos, después de las lluvias, y las malas hierbas apenas dejaban ver los límites del asfalto, incluso algunas señales de tráfico mal mantenidas.

la chica de la curva

Una chica entre la niebla

Tras dos cerradas curvas, una figura a un lado de la carretera le hizo sobresaltarse. Los frenos de la camioneta chirriaron quejumbrosos, rompiendo el sonido monótono del motor y el silencio de la noche.

 

La chica seguía de pie, con la mirada baja en el suelo. No eran horas, tan entrada la noche, ni el lugar para que una chica joven estuviera en medio de la nada sin compañía.

– ¿Estás bien? ¿Puedo ayudarte?

La chica levantó la mirada, con rostro muy serio, y se acercó unos pasos a la camioneta.

–¿Puede acercarme a casa? No he conseguido llegar.

La chica no era tan pequeña como para perderse. Pero haciendo un gesto con la cabeza asintió y la invitó a subir.

Entonces la chica hizo algo muy extraño. Se subió al asiento trasero, a pesar de tener libre el de acompañante. Se sintió algo incómodo, parecía que iba conduciendo un taxi. Se puso de nuevo en marcha y mirando por el espejo preguntó:

–¿Dónde vives? ¿Dónde te llevo?

La chica seguía con la mirada baja, como pensativa, evitando el contacto visual y claramente incómoda teniendo que hablar.

–A la casa del granero rojo, junto a la marisma.

El camino hasta la casa en la marisma

Quedaba bastante apartado de su camino, pero ya se había comprometido a llevarla. Algo fastidiado siguió el camino y, durante un buen rato, no hablaron. La chica apenas levantaba la miraba del suelo de la furgoneta, salvo alguna vez que miraba por la ventanilla.

Llegando al cruce se desvió a la izquierda, donde la carretera circulaba rodeada del agua y los juncos de la marisma. Justo al girar el cruce, la chica parecía inquieta. Se removía en el asiento.

La chica de la curva –Por aquí cuidado con las curvas. No hay vallas a los lados de la carretera– dijo repentinamente con voz temblorosa.

–Claro no te preocupes.

Intentó tranquilizarla bajando la velocidad y tomando las curvas con más cuidado, pero ella seguía nerviosa, cerrando los ojos en cada curva, como si esperara un derrape de la camioneta o chocar contra algo.

Al terminar de cruzar la marisma se veían ya las luces del porque de una casa con un gran granero al lado. Era la única del lugar y no hizo falta preguntar, se dirigió por el camino de grava directo hacia el portal, donde se veía la silueta de un hombre mayor que parecía esperar la camioneta, seguramente el padre preocupado de la chica.

No está

Al llegar frente a la casa. Frenó y apagó las luces para no deslumbrar al hombre.

–Ya hemos llegado.

Pero al girarse, la chica ya no estaba en el asiento. Y tampoco había escuchado la puerta d ella camioneta.

Se bajó preocupado, mirando alrededor de la camioneta, dando vueltas alrededor, incluso agachándose a mirar debajo. No entendía cómo había conseguido escabullirse así.

–No está. ¿Verdad?– El hombre del porche de la casa se había acercado hasta él.

–No.

–Ocurre todas las semanas. Consigue que alguien la traiga hasta aquí. Es mi hija–explicaba el hombre con tono cansado– y nunca consiguió llegar a casa, cayó con su coche a la marisma y de allí la sacamos muerta. Sigue intentando llegar a casa.